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  • Marta Esteban

Cuando Magoo llegó a Gaia...

Actualizado: sep 27

De pequeña me encantaban los animales, todos ellos, y sobre todo he convivido con gatos. Cuando decidí por fin que quería incorporar un perro a la familia, me di cuenta de que, con el horario y ritmo que llevaba, tenía que ser un perro que me acompañara en el trabajo, un perro de terapia. ¡Y comenzó la aventura!


Mi idea era adoptar a una perra, de pelo semilargo, tipo pastora. Y me puse a ello. A mis sobrinos les anuncié que había pedido a los Reyes Magos y Papá Noel un perro, pero como pedía uno especial, igual tardaban en encontrarlo. ¡Magoo llegó a la clínica veterinaria enfrente de mi casa la tarde de Nochebuena! Aunque yo tardé un poco más en conocerlo, el 29 de enero, cuando Inma nos presentó.


No era el perro que yo buscaba: cazador, pelo corto, macho y muy delgado. Además, era un perro que había sido maltratado, abandonado en la calle y que tenía miedo a la gente. Pero se me ocurrió llevarlo a la consulta para participar en un grupo de terapia con niños. Lo presenté como un perro de 6 años y les conté su historia, les hablé de sus miedos. Todos lo entendieron y fueron capaces de acogerlo y abrirse ellos mismos a contar sus problemas. Aquel día fue memorable y salí emocionada y dándome cuenta de que Magoo era un perro especial. Lo recogí al día siguiente para pasar un día de campo, para ver cómo me veía con él. Y el vínculo ya estaba creado, el amor había surgido. Estaba tranquilo, confiado ¡incluso con mis familiares masculinos! Y yo me sentía a gusto con él... Lo medité con la almohada, por aquello de no tomar ideas a lo loco… ¡y la almohada y yo dijimos que sí! Y Magoo entró a formar parte de la familia.

Fue todo fácil, tierno, despacito... y aquel paso me cambió la vida. Nos formamos juntos y tomé conciencia de que nuestra relación era especial, que nuestra comunicación fluía y hacíamos gran equipo. El me llevó a retomar los paseos por el monte, a caminar en espacios verdes después de trabajar cada día... Me reconectó con la naturaleza, con mi lado “silvestre” como yo lo llamo, que es lo que me recupera y me ayuda en mi día a día. Me dio independencia, calma... y mucho amor.

Cuando llegó a la consulta, se acomodó en el colchón y permanecía allí tranquilo durante horas. Apenas salía a saludar, pero aceptaba todos los mimos y caricias. No era lo que yo esperaba, pero me di cuenta de que transformó el espacio. La gente ganaba confianza antes, se sentían más abiertos, más “humanos”.

También comenzamos en un colegio público de Educación Especial: Alborada. Volvía así a mis orígenes (me formé como maestra de Educación Especial) con un equipor formado por mi nuevo compañero y otro perro más y otras profesionales: Trini y Ana. Fue una experiencia genial compaginar pasiones y volver al colegio con perros. Del primer año, recuerdo las sonrisas y miradas tiernas por los pasillos, los cambios de actitud de los profesionales cuando entraban en nuestro espacio de trabajo y se relajaban, la magia con algunos niños que ganaban confianza, tranquilidad, que daban y recibían cariño... y que aquello me gustó tanto que incorporé otro perro a la familia y al equipo: Lolo. Pero eso es otra historia...

En definitiva, Magoo cambió mi vida y mi forma de trabajar. Curiosamente, la hizo más humana. Desde entonces me acompaña y seguimos creciendo juntos, al mismo tiempo que muchas personas se benefician de su calma, de su presencia, de sus mimos y, sobre todo, del ejemplo de resiliencia y superación que nos regala.



P.D.: Si quieres saber más sobre Magoo, puedes leer su historia publicada en el periódico:


Los orígenes de Magoo

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Image by Joshua Bartell